La
dulce espera
He escuchado que momentos antes
de morir, la gente ve pasar toda su vida en un instante. Ese no es mi caso ya
que, a pesar de mis tempranos y juveniles 21 años, no me queda mucho tiempo en
este mundo y el proceso de mi muerte ha sido cruel, duradero y, lo peor de
todo, desconocido por mi hasta hace unos minutos.
Voy a proceder a contarles la
historia de mi vida (si es que lo vivido hasta ahora es digno de llamarse
vida).
No tengo un nombre concreto pero
a la vez he sido llamado de muchas formas (bestia, estúpido, inútil y otros
adjetivos de misma procedencia). Considerando que nunca tuve la posibilidad de
ir a la escuela, y sólo accedí a la educación gracias a las enseñanzas de mi
madre, no guardo rencor sobre mis detractores.
Mi madre se llama Clara, es una
hermosa mujer, morena, alta, de fina figura y nariz aguileña, pero la belleza no
vino sola. Se pasa el día y la noche gritando y arrojando cosas, sobre todo a mí, por nimiedades debido a su fuerte
temperamento.
Clara rara vez sonríe, sus labios
son muy finos, su boca es ancha y sus dientes brillan como perlas. Recuerdo
haberla visto sonreír en contadas ocasiones y el resultado siempre ha sido el
mismo, un escalofrío recorre mi cuerpo y quedo paralizado observando su rostro
con detenimiento. El rostro de mi madre se transforma completamente, y en
conjunto con su sonrisa me recuerda a diversos seres demoníacos que he
observado en mis libros.
El esposo de mi madre se llama Guillermo, es
un hombre bajo y regordete, al borde de la calvicie. Es una persona bondadosa,
y si bien su carácter es firme, mucho no puede hacer para evitar que mi madre
me maltrate. Guillermo, a diferencia de Clara, tiene para conmigo el mejor de
los tratos, siempre atendiendo mis necesidades, que son muchas debido a mi
frágil estado y mis constantes recaídas.
Como les he contado
anteriormente, nunca fui a un colegio debido a la insistencia de mi madre en enseñarme
en casa y a mi salud. Muchos médicos han venido a verme por este motivo y
ninguno ha sabido decirme cual es el mal que me aqueja. Si pudiesen ver mi cara
en el momento en que los diferentes doctores se marchan, llorarían al igual que
yo.
En los momentos más dolorosos de
mi vida, siempre he buscado consuelo en la mirada de Clara, sin embargo no he
encontrado en su rostro la aflicción esperada, sino que incluso, al cruzar
miradas, hubo momentos en los que me imaginé (o no) ver un esbozo de su sonrisa
diabólica, lo que acentuaba aun más mi dolor.
Recuerdo cuando yo tenía 7 años,
mi madre me había dicho: - Hijo, ponte tu mejor atuendo, hoy a la tarde te
pasará a buscar tu padre y te llevará a pasear. Yo, casi llorando de la alegría
corría a calzarme mis mejores zapatos (unos gastados leñadores), mi saco
emparchado, acomodaba un banquillo frente a la puerta de entrada y esperaba.
Las horas pasaban, mi padre no llegaba y, como de costumbre, corría hacia los
brazos de Clara y Guillermo, este último con lágrimas en los ojos y mi madre
con una expresión en su rostro que en su momento no comprendí.
Por suerte no todo en mi vida ha
sido malo, el tiempo que he pasado en mi casa leyendo diversos libros y la
relación con mi padrastro me ha mantenido a flote y ha alejado muchos de los
pensamientos negativos que siempre me han acometido. Siempre supe que mi
padrastro poseía todas las respuestas a las preguntas que mi madre nunca me dio.
En varias ocasiones, presentí que él trataba de decirme algo pero nunca se animó.
Ahora, momentos antes de mi paso
a la inmortalidad se acercó a mí y me confesó el porqué de mi agonía.
Me contó la historia de mi padre,
un borracho y abusivo que una noche, luego de haber compartido unas cuantas
cervezas con sus amigos, violó a mi madre y se marchó. Yo fui el fruto de aquel
vil acto y en los meses posteriores (en la denominada “dulce espera”) mi madre
se recluyó en su casa, alejando a todos sus amigos y familiares para ocultar la
deshonra que mi padre le había producido.
Guillermo me confesó que conoció
a mi madre en el mercado y que se enamoró a primera vista. Luego de varios
meses cortejándola, ella lo aceptó en su casa, aunque nunca en su corazón, que
no tenía lugar para otra cosa que odio y rencor.
En medio de la confesión de mi
padrastro, Clara entró en la habitación y le lanzó una mirada fulminante a
Guillermo que, llorando y besándome en la frente, se retiró de la habitación.
Mi madre posó su mirada en mi rostro, se sentó a mi lado, confirmó la historia
que hace unos instantes me había relatado Guillermo y agregó algo que me heló
la sangre y un dolor desgarrador surcó mi pecho. Ella, mi propia madre, me
confesó que nunca me había querido y que desde hace aproximadamente 6 años (la
edad en la que según empezaron a aflorar los rasgos mi padre) había sazonado mi
comida todos los días con minúsculas cantidades de vidrio molido que lentamente
destruyeron mi interior y que, luego de 21 años, su venganza había concluido.
El aire se espesa, los ojos
luchan por cerrarse, pero alcanzo a divisar una imagen, es la sonrisa de mi
madre, mas grande y mas brillante que nunca. Con esa imagen me despido.
Finalmente, su dulce espera, había terminado.





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