martes, 3 de julio de 2012


¿Qué gusto tiene el sudor? Salado…

Una madrugada común, oscura como todas. El pueblo duerme y sueña tratando de reponerse luego de un agitado día de trabajo.
El silencio reina en las calles Un repiqueteo quiebra la monotonía de la noche. En un pequeño taller descuidado, hay personas que trabajan cosiendo y cortando trozos de tela que luego venderán a precio de oferta.
En una casa, quien sabe si lejos del taller, se detecta el ruido de decenas de compacteras en un vaivén constante y sonante, adentrándose en la boca de las computadoras que luego de unos minutos escupirán una copia, ya sea de una película, una serie o de un CD de música.
Esta gente que trabaja más que las ocho horas diarias pactadas y con un sueldo inferior al salario mínimo vital y móvil, sueña. Sueña con comprar una casa, sueña con que sus hijos crezcan sanos y puedan obtener una educación adecuada.
Muchos de ellos depositan sus esperanzas de un futuro mejor en una de las ferias más grandes de Latinoamérica.
Esta feria llamada “La Salada”, está ubicada en un predio donde en tiempos pasados y prósperos funcionaba el balneario que llevaba el mismo nombre. En el balneario las familias iban a descansar, a vacacionar y a disfrutar de las grandes piletas en comunión con sus pares.
 Hoy se encuentra deteriorado, reducido a óxido y escombros y dividido en tres regiones: Ocean, Urkupiña y Punta Mogotes. Este predio alberga a cientos de comerciantes, grandes y pequeños, que ofrecen sus productos a miles de personas que vienen de todas partes del país en micros de larga distancia, micros escolares, camionetas y trenes y que se amontonan en los puestos en búsqueda del menor precio para sus regalos, indumentaria o artículos que luego comercian en sus propios negocios.
Estos comerciantes deben luchas además contra los embates de los municipios y sus políticos, que con promesas y una sonrisa falsa en la cara tratan de desplazar sus puestos. Sin embargo el miedo a dejarse llevar y arriesgarse a luego de un par de meses quedarse sin nada y en la calle, los mantiene firmes y unidos, ya que el bienestar de uno es el bienestar de todos.
A pesar de las largas jornadas laborales y el esfuerzo diario, no todo es sudor y negocios en La Salada.
Hay un día en que la feria se viste de fiesta y adorna sus calles. En ese día la comunidad boliviana canta y baila en honor a la Virgen de Urkupiña, en trajes coloridos, vestidos largos y sombreros altos.
Probablemente La Salada siga muchos años más, al igual que el repiqueteo de las máquinas de coser y el vaivén de las compacteras que en la noche irrumpen el silencio. La Salada es un monumento ambulante a la lucha, el trabajo, la unión y porqué no también, la fiesta.

Por Rodrigo Garay Trujillo...

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