¿Qué gusto tiene el sudor? Salado…
Una madrugada común, oscura como
todas. El pueblo duerme y sueña tratando de reponerse luego de un agitado día
de trabajo.
El silencio reina en las calles Un
repiqueteo quiebra la monotonía de la noche. En un pequeño taller descuidado,
hay personas que trabajan cosiendo y cortando trozos de tela que luego venderán
a precio de oferta.
En una casa, quien sabe si lejos
del taller, se detecta el ruido de decenas de compacteras en un vaivén
constante y sonante, adentrándose en la boca de las computadoras que luego de
unos minutos escupirán una copia, ya sea de una película, una serie o de un CD
de música.
Esta gente que trabaja más que las
ocho horas diarias pactadas y con un sueldo inferior al salario mínimo vital y
móvil, sueña. Sueña con comprar una casa, sueña con que sus hijos crezcan sanos
y puedan obtener una educación adecuada.
Muchos de ellos depositan sus
esperanzas de un futuro mejor en una de las ferias más grandes de
Latinoamérica.
Esta feria llamada “La Salada ”, está ubicada en un
predio donde en tiempos pasados y prósperos funcionaba el balneario que llevaba
el mismo nombre. En el balneario las familias iban a descansar, a vacacionar y
a disfrutar de las grandes piletas en comunión con sus pares.
Hoy se encuentra deteriorado, reducido a óxido
y escombros y dividido en tres regiones: Ocean, Urkupiña y Punta Mogotes. Este
predio alberga a cientos de comerciantes, grandes y pequeños, que ofrecen sus
productos a miles de personas que vienen de todas partes del país en micros de
larga distancia, micros escolares, camionetas y trenes y que se amontonan en
los puestos en búsqueda del menor precio para sus regalos, indumentaria o
artículos que luego comercian en sus propios negocios.
Estos comerciantes deben luchas
además contra los embates de los municipios y sus políticos, que con promesas y
una sonrisa falsa en la cara tratan de desplazar sus puestos. Sin embargo el
miedo a dejarse llevar y arriesgarse a luego de un par de meses quedarse sin
nada y en la calle, los mantiene firmes y unidos, ya que el bienestar de uno es
el bienestar de todos.
A pesar de las largas jornadas
laborales y el esfuerzo diario, no todo es sudor y negocios en La Salada.
Hay un día en que la feria se viste
de fiesta y adorna sus calles. En ese día la comunidad boliviana canta y baila
en honor a la Virgen
de Urkupiña, en trajes coloridos, vestidos largos y sombreros altos.
Probablemente La Salada siga muchos años
más, al igual que el repiqueteo de las máquinas de coser y el vaivén de las compacteras
que en la noche irrumpen el silencio. La Salada es un monumento ambulante a la lucha, el
trabajo, la unión y porqué no también, la fiesta.
Por Rodrigo Garay Trujillo...
Por Rodrigo Garay Trujillo...
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