martes, 3 de julio de 2012



                                    Un poco de mí...

En las cercanías de la cancha del Club Atlético All Boys se encuentra otra cancha de fútbol pero de alquiler. Cada una nos muestra una realidad muy diferente, en una, viernes, sábado o domingo por medio se disputan partidos profesionales, y en la otra simplemente se junta un grupo de amigos o no tan amigos a jugar un partido de fútbol donde, si bien no juegan profesionales, cada uno se siente igual de importante.
Al llegar al estadio amateur observé a un chico llamado Rodrigo Garay Trujillo de 22 años. No es alto ni bajo, no es gordo ni flaco, no es rico ni pobre, solamente es un chico que se divierte jugando al fútbol. Como la gran mayoría de los hombres amantes del deporte más popular del mundo, su sueño de pequeño fue convertirse en un gran jugador y, al igual que un gran porcentaje de esa mayoría, con el tiempo se dio cuenta que ese sueño no se iba a cumplir.
Si bien en su vida cotidiana es un chico tranquilo, deberían observar sus gestos, la forma de correr, de enojarse, de gritar un gol, de patear la pelota, la pasión con la que se desenvuelve en el campo de juego. Al finalizar el encuentro, toda esa pasión se borra y vuelve a ser un chico normal, un chico que estudia y trabaja como el resto, pero en esos sesenta minutos, él, se siente como un profesional.

Por Rodrigo Garay Trujillo...




Entrevista a Juan Salvucci. Una historia de vida trágica y poco común, marcada por dos secuestros: Salvucci fue raptado por la Triple A durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón por su militancia en el PST (Partido Socialista de los Trabajadores) y luego por los ingleses cuando combatió en la Guerra de Malvinas. Entre estos dos hechos, tuvo que pedir prórroga en la conscripción para poder finalizar sus estudios a los 26 años, pero al volver de su luna de miel, recién casado y con su título de arquitecto, lo esperaba la policía para que se presentara en el Servicio Militar Obligatorio. Actualmente es Director de Obras Públicas de La Plata. Por haberla vivido en carne propia, Juan es, sin lugar a dudas, una de las personas más indicadas para contar en profundidad sobre la época más nefasta y sangrienta de la historia argentina.

¿Qué es para vos Malvinas? Y en tu opinión ¿fue justificada la decisión de la dictadura de iniciar una guerra en ese entonces?

Lo que viví en el año 82 demuestra que fue un error garrafal el haber iniciado una guerra, mas allá de que la  dictadura militar la utilizó como una salida emergente para su situación, que no daba para más. Tomó una medida populista ya que desde chicos nos enseñaron que las Malvinas expropiadas en 1832 por los ingleses fueron y serán argentinas, pensando que iba a ser un elemento de choque para negociar, sin tener en cuenta que enfrente tenía a Inglaterra ayudada por la OTAN y Estados Unidos.
El error político de iniciar una guerra se sumó al error militar de enviar jóvenes sin experiencia en combate, vestidos de llanura a un régimen de montaña con bajo cero, y a la intemperie porque las carpas eran de llanura y se volaban. No se entiende cómo estando el regimiento de montaña del Sur, enviaron al regimiento de La Plata y a los del Norte a luchar contra el primer ejército del mundo.
Estas cuestiones contribuyeron al fracaso rotundo de la guerra, y sin embargo el soldado argentino resistió batallas durísimas como la del Monte Longdon, en la que luchamos seis horas contra paracaidistas ingleses sin el armamento y la logística necesaria, y les ocasionamos muchísimas bajas, al igual que ellos a nosotros.

¿Qué medios de comunicación creés que fueron más cómplices de la dictadura?

El problema no era sólo de los cómplices sino también de los que se callaban la boca por miedo, no estaba la democracia. Página 12 no era lo mismo que Clarín. Los medios decían lo que les dejaban decir y lo que le dictaban los militares. El único periodista que había en las islas era Nicolás Kasanzew, que era íntimo amigo de Galtieri, por lo que los medios argentinos sólo recibían la versión que les brindaban.

En la última batalla, la de Monte Longdon, dijiste que fue cuando te diste cuenta de la superioridad de la fuerza inglesa. Pero durante el resto de la guerra, ¿creíste que podían ganar?

No, nunca. Era imposible pensarlo porque a diferencia que lo que recibía la gente en los diarios y las radios, uno lo está viviendo. Ellos tenían a los boinas verdes y a los paracaidistas ingleses que son todos mercenarios, que están todo el año peleando, y vos sos un chico recién salido del colegio, con un fusil todo roto y desnutrido porque no nos daban de comer. ¿Cómo podes pensar que vas a ganar?

Fuiste apresado por la Triple A antes de la guerra, y por los ingleses al firmar la rendición. ¿Qué diferencia podes mencionar entre los dos cautiverios que viviste?

Es totalmente distinto lo que viví en ambos cautiverios. El soldado inglés es un soldado profesional que combate para matarte y dejarte fuera de combate, pero cuando vos te rendís o caíste herido, se convierte en un amigo, porque a él no le interesa matarte, sino ganar la guerra. No me robaron nada, ni me golpearon ni me maltrataron, incluso me llevaron al médico y me daban de comer. La Triple A buscaba joderte la vida, torturarte o matarte.

¿Qué tipo de trabajos hiciste para los ingleses una vez apresado?

Realicé diferentes trabajos. Primero las tareas sucias como la  recolección de cadáveres, entierros, hacer trincheras, cavar y limpiar el quirófano para los que tenían que ser amputados por la gangrena. Después cuando se enteraron que era arquitecto me hicieron diseñar y armar calderas, porque no teníamos agua caliente para bañarnos.

Tuviste una discusión con el gobernador militar de la época, Mario Benjamín Menendez, mientras estabas preso en las islas. ¿Qué tipo de crítica le hiciste?

Él estaba preso a pocas celdas de la mía y se enteró que había un intelectual, un arquitecto que dibujaba y utilizó ese talento que tengo para cambiar mis dibujos con los guardias ingleses por chocolates, cigarrillos, un vaso de café. Ahí le recriminé el hecho de que los militares de alto rango como él, bien vestido y en buena forma mientras yo y mis compañeros estábamos en estado lamentable, no combatieron mientras que los generales ingleses acompañaron a sus soldados a todos los combates. Cada un sargento argentino caído hubo trescientos soldados argentinos muertos.
                                                                                                        
¿Te costó mucho la reinserción laboral luego de la guerra?

Me costó muchísimo llegar a ser Director de Obras Públicas de La Plata porque yo fui de los últimos en volver de las islas, casi un mes después que el resto de los soldados, y volví muy enojado. Volver a ser una persona normal es muy difícil, todos los ex combatientes son discriminados. Pero luego con terapia, gimnasio y la familia logré salir adelante. No todos pudieron hacerlo.

¿Creés que el gobierno abandonó a los ex combatientes?

Los números hablan por sí solos. El número de suicidios en la posguerra, cercano a los quinientos, casi alcanzó al número de caídos en la guerra. El pueblo no se olvida pero el Estado nos abandonó, todavía nos deben diez años de pensión donde fuimos considerados nada. Después se nos pagó una pensión graciable que es la misma que reciben los ciegos, minusválidos y los que tienen síndrome de down, no la que nos correspondía como veteranos de guerra.
Recién en el 2003 con el gobierno de Kirchner, nos declararon ciudadanos ilustres y empezamos a cobrar un sueldo como corresponde, en tentativa a lo que cobran en el resto del mundo.
Considerando que has ido varias veces a las islas en la posguerra. ¿Qué diferencia encontrás entre lo que fueron las islas en ese momento y hoy en día?

Las islas antes tenían ochenta y ocho Royal Marine que las cuidaban y ahora hay una base nuclear con casi tres mil militares, aviones y un submarino nuclear. Esa base nuclear significa el dominio de todo el Atlántico Sur y la Antártida. Eso lo cubre la OTAN, no sólo Inglaterra y no van a ceder ya que en el futuro el problema va a ser el agua y con esa base se asegura el dominio que le faltaba.

Por Rodrigo Garay Trujillo y Fernando Abba...


¿Qué gusto tiene el sudor? Salado…

Una madrugada común, oscura como todas. El pueblo duerme y sueña tratando de reponerse luego de un agitado día de trabajo.
El silencio reina en las calles Un repiqueteo quiebra la monotonía de la noche. En un pequeño taller descuidado, hay personas que trabajan cosiendo y cortando trozos de tela que luego venderán a precio de oferta.
En una casa, quien sabe si lejos del taller, se detecta el ruido de decenas de compacteras en un vaivén constante y sonante, adentrándose en la boca de las computadoras que luego de unos minutos escupirán una copia, ya sea de una película, una serie o de un CD de música.
Esta gente que trabaja más que las ocho horas diarias pactadas y con un sueldo inferior al salario mínimo vital y móvil, sueña. Sueña con comprar una casa, sueña con que sus hijos crezcan sanos y puedan obtener una educación adecuada.
Muchos de ellos depositan sus esperanzas de un futuro mejor en una de las ferias más grandes de Latinoamérica.
Esta feria llamada “La Salada”, está ubicada en un predio donde en tiempos pasados y prósperos funcionaba el balneario que llevaba el mismo nombre. En el balneario las familias iban a descansar, a vacacionar y a disfrutar de las grandes piletas en comunión con sus pares.
 Hoy se encuentra deteriorado, reducido a óxido y escombros y dividido en tres regiones: Ocean, Urkupiña y Punta Mogotes. Este predio alberga a cientos de comerciantes, grandes y pequeños, que ofrecen sus productos a miles de personas que vienen de todas partes del país en micros de larga distancia, micros escolares, camionetas y trenes y que se amontonan en los puestos en búsqueda del menor precio para sus regalos, indumentaria o artículos que luego comercian en sus propios negocios.
Estos comerciantes deben luchas además contra los embates de los municipios y sus políticos, que con promesas y una sonrisa falsa en la cara tratan de desplazar sus puestos. Sin embargo el miedo a dejarse llevar y arriesgarse a luego de un par de meses quedarse sin nada y en la calle, los mantiene firmes y unidos, ya que el bienestar de uno es el bienestar de todos.
A pesar de las largas jornadas laborales y el esfuerzo diario, no todo es sudor y negocios en La Salada.
Hay un día en que la feria se viste de fiesta y adorna sus calles. En ese día la comunidad boliviana canta y baila en honor a la Virgen de Urkupiña, en trajes coloridos, vestidos largos y sombreros altos.
Probablemente La Salada siga muchos años más, al igual que el repiqueteo de las máquinas de coser y el vaivén de las compacteras que en la noche irrumpen el silencio. La Salada es un monumento ambulante a la lucha, el trabajo, la unión y porqué no también, la fiesta.

Por Rodrigo Garay Trujillo...

Entrevista a Ulises Rosell, director argentino egresado de la Universidad del Cine en 1995 y ganador del premio a Mejor Película por su documental “El descanso” en el BAFICI 2001. Hoy, 19 de abril de 2012, estrena a modo de función especial la película “El etnógrafo” en el decimocuarto BAFICI.

¿ Qué sintió al ser distinguido con una función especial en el BAFICI?
Si te soy honesto, la función especial la pedí yo porque en algunas cosas no estoy de acuerdo en el lugar que se les da a las películas, cómo se organiza la competencia y cómo eso condiciona la carrera futura que haga una película.
Al ser una premier, la primera proyección pública no quería someter a la película a algo que podría terminar siendo perjudicial. El efecto que buscaba era que se vea mas como una distinción que como una película más que se estrenaba en el festival.

¿Cómo llegaste a conocer al protagonista del documental, John Palmer? ¿Fue por una recomendación al igual que con Bonanza Muchinsci?
Si, es raro, no lo había pensado pero es así. Las dos veces hubo alguien que me presentó. En este caso fue un antropólogo, con el que yo estaba trabajando haciendo un programa de televisión, que me sugirió que vayamos a ver a John como un referente de antropología respecto a la cultura wichí, pero en ningún momento estaba la idea de ir a verlo para hacer una película. Son como personajes que llaman la atención y cualquiera que los conozca te dice: “a este tipo vale la pena conocerlo”.

La diferencia de idiomas entre el wichí, el español e incluso el inglés, ¿Fue un problema a la hora de rodar la película? ¿Tenías un traductor?
No, fue así como el salto al vacío que tiene el documental, de inglés algo manejo pero por ejemplo la conversación que tiene John con la madre no la puedo seguir porque es un inglés muy cotidiano, muy local, sin contexto, solo audio. Después con el wichí absolutamente nada, nada a nivel de que pasaran meses entre que yo filmaba y después entendía lo que habían estado hablando. Por eso la película se hizo en etapas, en tres viajes diferentes para tener tiempo de procesar cada cosa.

Al hacer películas del tipo documental, ¿Buscás algún tipo de concientización en el público sobre determinados temas?
No, de hecho cualquier cosa puede tener un mensaje o no tener. Es una idea capaz vieja la de pensar que las películas tienen mensajes. En realidad si hay un mensaje en las películas tendés a rechazarlo porque lo ves como una cosa tan impuesta que te aleja mas que acercarte. No ha estrategia mas burda para transmitir algo que dictar una máxima.

¿Estás encarando algún proyecto a estrenar dentro de poco?
Estoy con un proyecto de una miniserie para Argentina sobre un tribunal de menores. Es un proyecto que nació como documental y en realidad no encontró la forma dentro del formato. Trabajar este tipo de temas en el documental tiene muchas complicaciones por temas de protección legal de los detenidos, por lo que se transformó en una miniserie de ficción.




Por Rodrigo Garay Trujillo...