lunes, 15 de octubre de 2012



                                     El baile de la muerte

“Los Toros” es la muestra en blanco y negro del fotógrafo Michael Crouser sobre el mundo que encierran las corridas de toros. La muestra comenzó el 7 de agosto y finalizó el pasado 30 de septiembre. Durante casi 3 meses fue elogiada por cientos de porteños y turistas en el Complejo Teatral San Martín, por su mezcla entre la crudeza y la humanidad de de la tauromaquia.
            Al entrar a la Fotogalería ubicada en la Planta baja del Complejo teatral, una luz tenue fijada sobre las fotografías recibe al visitante. El silenció reinante es similar al silencio de un sepelio o cementerio: el sepelio de las bestias que, día a día durante tres meses, reviven y protagonizan su muerte.
A lo largo de la galería hay treinta y ocho fotos tomadas en la década del 90, en países tales como México, Ecuador y España, todos mundialmente conocidos por la práctica de este cruel deporte. 
Las imágenes más destacadas enaltecen la pasión de toreros famosos como Guillermo Albán y Cristina Sanchez que majestuosamente combaten contra la bravura de los toros. Juntos, hombre y bestia, entablan una lucha, un baile, que finalizará una vez que alguno caiga en la arena del estadio. 

            

                                    Musicalizando la jungla

Por el cruce de la calle Florida y Diagonal Norte pasan apuradamente cientos de personas por minuto: oficinistas, cadetes, turistas y compradores y vendedores de diferentes tipos. A pesar de la rapidez con la que se desplazan, no logran esquivar la melodía pegadiza que los choca de frente.
            La banda callejera de reggae llamada Jamaicaderos, compuesta por diez integrantes entre amigos y familiares, se sitúa periódicamente en este concurrido cruce para tocar sus instrumentos con soltura, alegría y animosidad.
            El grupo está integrado por dos saxofonistas, dos guitarristas, un bajista, un baterista, un trombón, un trompetista, un tecladista y un percusionista y tocan música instrumental.
            Alejandro Cabrera, bajista de la banda, explica que generalmente tocan música instrumental salvo que se acerque algún cantante amigo o incluso alguien del público que sepa cantar.
            Jamaicaderos se creó hace seis años con músicos de diferentes estilos para presentarse en los bares de San Telmo que organizaban fiestas Jams de reggae. Tras ganar cierto reconocimiento en el circuito, comenzaron a tocar de cuatro a cinco veces por semana en los diferentes bares.
            Ezequiel Ledesma, percusionista, cuenta el porqué del alejamiento de la banda del circuito de bares de San Telmo: “Lamentablemente en Argentina, la música no se considera un oficio, un trabajo pago. Los bares tenían la intención de darnos algo de dinero pero no llegaba a cubrir las necesidades básicas para subsistir y pagar los gastos”.
            Este golpe de realidad se transformó en un punto de inflexión. Decidieron dejar de tocar en los bares y trataron de conseguir un manager. Al no conseguir un representante dispuesto a trabajar en forma de cooperativa, es decir que todos colaboran con todos los gastos y cobran por partes iguales, decidieron lanzarse a tocar en la calle.
            Hoy en día son una de las bandas que están más al día con el sistema legal de la calle, sin embargo en sus inicios sufrieron muchas maldades por parte de las autoridades y los comerciantes de la zona.
            Cabrera explica: “Al principio la policía, que está arreglada con los comerciantes, nos mintió una y mil veces para que nos vayamos. Recibimos amenazas y agresiones. Finalmente hablamos con varios abogados y nos instruimos para obtener herramientas con que defendernos”
            A pesar de que no viven exclusivamente de la música, el dinero que la gente deja voluntariamente al pasar, y la venta de sus CD’s grabados en estudio, contribuye a la subsistencia diaria de cada uno. Aunque no lo hacen sólo por lo económico, sino que valoran la respuesta genuina y sin respuesta a un movimiento comercial, de la gente ante su música llena de vida y movimiento.

domingo, 14 de octubre de 2012


                    El arte colonial en su esplendor...

En el año 1922, en la calle Suipacha 1422, fue erigido en la Ciudad de Buenos Aires un palacio de estilo neocolonial cuyo nombre fue Palacio Noel, en referencia a su creador y arquitecto, Martín Noel. En 1936 Noel construyó dentro de su palacio el Museo Colonial y, por un decreto municipal de 1943 sobre especificación de los museos, en 1947 unificó el Museo Colonial con la colección del Museo Fernández Blanco, lo que le valió su nombre actual: Museo Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco. En 1963 el patrimonio del museo fue aumentado gracias a la donación de 750 piezas por parte de Celina González Garaño.
La colección del museo incluye platería, imaginería y mobiliario iberoamericano de los siglos XVI a XIX, documentos, libros, ornamentos religiosos, grabados, cerámica, indumentaria civil y accesorios femeninos.
Todas sus ventanas exteriores están cubiertas por rejas, lo que refuerza el rumor de que hace mucho tiempo, el palacio funcionó como compañía importadora de esclavos.
            Al traspasar el amplio portón de entrada, se ingresa a una galería que divide el edificio en dos cuerpos de inspiración barroca con frentes a la manera de retablo: a la izquierda está el museo y a la derecha la ex residencia y estudio de Noel. En el medio de ambos cuerpos, se asoma un deteriorado jardín de estilo andaluz. En el centro del jardín, rodeada de flores de colores y plantas, hay una fuente en desuso y en mal estado, mientras que sobre las paredes descascaradas y cubiertas de secas enredaderas, se observan imágenes religiosas pintadas sobre azulejos.
            Una leyenda urbana cuenta que en los jardines del Museo hispanoamericano Fernández Blanco, deambula el fantasma de una joven de 17 años que murió de tuberculosis en la década del 20. El presidente norteamericano Herbert Hoover, en su visita a la Argentina en 1928, y a los poetas Oliverio Girondo y Manuel Mujica Láinez, en la década del 40, afirman haber visto una figura blanca merodeando los jardines.
            Cada cuerpo tiene tres pisos o niveles y poseen balcones de estilo miradores, denotando también una clara influencia de la cultura peruana en la construcción del edificio.
Una serie de escaleras de piedra beige guían al visitante a la puerta de ingreso a del museo. Los pisos son de mármol blanco y negro, y en los techos se observan arcos sostenidos por columnas.
Un salón circular, que solía ser el comedor, llama la atención por la gran rosa de los vientos tallada en su piso de madera, crujiente por el paso del tiempo. A pocos metros del salón circular, se encuentra la lujosa ex - biblioteca, revestida por una alfombra rojo punzó y ostentando cuadros y reliquias del arte cusqueño.
El piso superior es el más escalofriante de todos debido a la gran cantidad de imágenes, cuadros y estatuillas de diferentes santos y deidades que parecen observar y vigilar los pasos del visitante desde cada ángulo.