sábado, 1 de diciembre de 2012


                                                 La dulce espera

He escuchado que momentos antes de morir, la gente ve pasar toda su vida en un instante. Ese no es mi caso ya que, a pesar de mis tempranos y juveniles 21 años, no me queda mucho tiempo en este mundo y el proceso de mi muerte ha sido cruel, duradero y, lo peor de todo, desconocido por mi hasta hace unos minutos.
Voy a proceder a contarles la historia de mi vida (si es que lo vivido hasta ahora es digno de llamarse vida).
No tengo un nombre concreto pero a la vez he sido llamado de muchas formas (bestia, estúpido, inútil y otros adjetivos de misma procedencia). Considerando que nunca tuve la posibilidad de ir a la escuela, y sólo accedí a la educación gracias a las enseñanzas de mi madre, no guardo rencor sobre mis detractores.
Nací en un pequeño pueblo (en el cual vivo actualmente). Mi estado de salud siempre ha sido precario, debido a diferentes dolencias. Vivo con mi madre y su esposo en una pequeña y sombría casa. Tiene 1 habitación, 1 baño, 1 cocina y un altillo, lugar donde se encuentra mi cama y todas mis pertenencias. Casi todos los días las ventanas se encuentran cerradas, al igual que la puerta, por lo que en muy pocas ocasiones he podido conocer el exterior de mi casa. Todo el conocimiento que poseo sobre el mundo exterior, lo he adquirido en diversos libros y gracias a mi imaginación.
Mi madre se llama Clara, es una hermosa mujer, morena, alta, de fina figura y nariz aguileña, pero la belleza no vino sola. Se pasa el día y la noche gritando y arrojando cosas, sobre  todo a mí, por nimiedades debido a su fuerte temperamento.
Clara rara vez sonríe, sus labios son muy finos, su boca es ancha y sus dientes brillan como perlas. Recuerdo haberla visto sonreír en contadas ocasiones y el resultado siempre ha sido el mismo, un escalofrío recorre mi cuerpo y quedo paralizado observando su rostro con detenimiento. El rostro de mi madre se transforma completamente, y en conjunto con su sonrisa me recuerda a diversos seres demoníacos que he observado en mis libros.
 El esposo de mi madre se llama Guillermo, es un hombre bajo y regordete, al borde de la calvicie. Es una persona bondadosa, y si bien su carácter es firme, mucho no puede hacer para evitar que mi madre me maltrate. Guillermo, a diferencia de Clara, tiene para conmigo el mejor de los tratos, siempre atendiendo mis necesidades, que son muchas debido a mi frágil estado y mis constantes recaídas.
Como les he contado anteriormente, nunca fui a un colegio debido a la insistencia de mi madre en enseñarme en casa y a mi salud. Muchos médicos han venido a verme por este motivo y ninguno ha sabido decirme cual es el mal que me aqueja. Si pudiesen ver mi cara en el momento en que los diferentes doctores se marchan, llorarían al igual que yo.
En los momentos más dolorosos de mi vida, siempre he buscado consuelo en la mirada de Clara, sin embargo no he encontrado en su rostro la aflicción esperada, sino que incluso, al cruzar miradas, hubo momentos en los que me imaginé (o no) ver un esbozo de su sonrisa diabólica, lo que acentuaba aun más mi dolor.
Recuerdo cuando yo tenía 7 años, mi madre me había dicho: - Hijo, ponte tu mejor atuendo, hoy a la tarde te pasará a buscar tu padre y te llevará a pasear. Yo, casi llorando de la alegría corría a calzarme mis mejores zapatos (unos gastados leñadores), mi saco emparchado, acomodaba un banquillo frente a la puerta de entrada y esperaba. Las horas pasaban, mi padre no llegaba y, como de costumbre, corría hacia los brazos de Clara y Guillermo, este último con lágrimas en los ojos y mi madre con una expresión en su rostro que en su momento no comprendí.
Por suerte no todo en mi vida ha sido malo, el tiempo que he pasado en mi casa leyendo diversos libros y la relación con mi padrastro me ha mantenido a flote y ha alejado muchos de los pensamientos negativos que siempre me han acometido. Siempre supe que mi padrastro poseía todas las respuestas a las preguntas que mi madre nunca me dio. En varias ocasiones, presentí que él trataba de decirme algo pero nunca se animó.
Ahora, momentos antes de mi paso a la inmortalidad se acercó a mí y me confesó el porqué de mi agonía.
Me contó la historia de mi padre, un borracho y abusivo que una noche, luego de haber compartido unas cuantas cervezas con sus amigos, violó a mi madre y se marchó. Yo fui el fruto de aquel vil acto y en los meses posteriores (en la denominada “dulce espera”) mi madre se recluyó en su casa, alejando a todos sus amigos y familiares para ocultar la deshonra que mi padre le había producido.
Guillermo me confesó que conoció a mi madre en el mercado y que se enamoró a primera vista. Luego de varios meses cortejándola, ella lo aceptó en su casa, aunque nunca en su corazón, que no tenía lugar para otra cosa que odio y rencor.
En medio de la confesión de mi padrastro, Clara entró en la habitación y le lanzó una mirada fulminante a Guillermo que, llorando y besándome en la frente, se retiró de la habitación. Mi madre posó su mirada en mi rostro, se sentó a mi lado, confirmó la historia que hace unos instantes me había relatado Guillermo y agregó algo que me heló la sangre y un dolor desgarrador surcó mi pecho. Ella, mi propia madre, me confesó que nunca me había querido y que desde hace aproximadamente 6 años (la edad en la que según empezaron a aflorar los rasgos mi padre) había sazonado mi comida todos los días con minúsculas cantidades de vidrio molido que lentamente destruyeron mi interior y que, luego de 21 años, su venganza había concluido.
El aire se espesa, los ojos luchan por cerrarse, pero alcanzo a divisar una imagen, es la sonrisa de mi madre, mas grande y mas brillante que nunca. Con esa imagen me despido. Finalmente, su dulce espera, había terminado.